
Pero ésta iba a ser muy diferente a todo lo acontecido en la historia del mundo taurino.
Aquel día, y como de costumbre, el cartel estaba compuesto por tres matadores de toros con sus correspondientes cuadrillas de banderilleros y picadores. A las cinco de la tarde sonaron clarines y tambores para dar salida al primer toro de la tarde. En cuanto estuvo en la arena, el primer espada se dispuso a torear y cumplir con su obligación, pero al poco de comenzar tuvo la mala suerte de que el toro lo cogiese hiriéndole, teniendo que ser trasladado a la enfermería sin poder reaparecer a terminar la faena.
Como es costumbre y obligación, tuvo que hacerse cargo el segundo espada de rematar la tarea. Continuó toreando el mismo toro, todo iba bien hasta que después de picar y banderillearlo se cambió el tercio para empezar la faena de muleta; cuando había dado dos o tres pases, en un descuido del torero, este toro también lo cogió, teniendo que pasar, al igual que su compañero, a la enfermería.
La corrida se estaba poniendo bastante mal, solamente quedaba el último espada, la corrida debía continuar por respeto al público, y eso fue lo que hizo el último torero. El primer toro continuaba en el ruedo, el espada estaba totalmente preocupadísimo y ya tenía bastante miedo de ver lo que había pasado con sus compañeros; sin pensárselo dos veces cogió la muleta y la espada para quitarse de enmedio a aquel bicho. Apenas le dió tiempo de prepararse para matarlo porque el toro se arrancó en busca del torero con la mala suerte de que también cogió a éste hiriéndole hasta el punto de que también tuvo que pasar a la enfermería. ¡Ya no quedaban más toreros y los banderilleros no se atrevían a dar muerte al toro!
El público no se marchaba de la plaza pero sí que reaccionó de la siguiente manera, se lanzaron al ruedo y, entre varios y como pudieron, cogieron al toro y, de la misma manera que cuando un torero hace buena faena es sacado a hombros, esa tarde quien salió a hombros fue el toro, porque éste sí que había trabajado de lo lindo