
Una vez comprada la vaca hacen un pacto y que era el siguiente: De ninguna de las maneras la vaca sería vendida, prestada ni traspasada a nadie hasta el fin de sus días del animal. El mantenimiento de la vaca sería costeado a partes iguales y los beneficios, lógicamente también a repartir a partes iguales.
Ambos amigos firmaron el pacto y comenzaron el negocio. Así estuvieron varios años. Todo iba de maravillas hasta que un día se enfadaron y decidieron separarse del negocio; pero había un problema, que la vaca no podía ser ni vendida ni cedida a nadie. Había que buscar una solución y la encontraron. Dicha solución fué la siguiente: sortear la vaca por la mitad, media para cada uno.
Pero resulta que el sorteo no lo hicieron bien, porque, en vez de sortearla a lo largo del cual los dos hubiesen salido beneficiados o perjudicados, ¿saben como la sortearon? ¡A lo ancho!, es decir del centro hacia la cabeza y del centro hacia el rabo. ¿Cuál fué el resultado?, que al que le tocó de el centro a la cabeza tenía que echarle de comer todos los días y, al que le tocó del centro hacia el rabo la ordeñaba todos los días, llevándose los beneficios de la leche y de los escrementos que esta dichosa vaca dejaba cada día.